¿Cómo y por qué podemos hablar?
El ser humano es el animal social por excelencia. Tenemos las cuerdas vocales más evolucionadas del reino animal y eso nos permite comunicarnos con un nivel de registros superior al del resto de animales. Nuestras cuerdas vocales y, en concreto, nuestra laringe, han evolucionado para que podamos generar un gran número de sonidos.

Pero, ¿cómo funciona el mecanismo? ¿Cuáles son las claves que nos permiten hablar, gritar o cantar? ¿Qué diferencias existen entre géneros y edades?

Las cuerdas vocales se encuentran situadas en la laringe, aproximadamente en la parte superior de la tráquea. Son unas capas de membranas mucosas que ocupan todo el espacio de la laringe y que controlan de qué manera el aire sale de nuestros pulmones. De esta manera se generan los sonidos.

Al salir el aire de los pulmones, estas cuerdas vocales vibran y chocan entre sí produciendo los sonidos. La colocación exacta de la cuerda vocal y su movimiento determinan el sonido específico que se producirá al pasar el aire, que se refina mediante el control del nervio vago y el paso del aire por la laringe, la lengua y los labios.

Por otra parte, cada persona tiene una “frecuencia fundamental” en la que habla. Esta frecuencia depende de la longitud, el tamaño y la extensión de las cuerdas vocales. Los hombres suelen tener una frecuencia fundamental en torno a 125Hz, las mujeres cerca de 210Hz y los niños de 300Hz.

Desde el punto de vista reproductivo este dato es esencial. Efectivamente, hay estudios científicos que corroboran que los hombres con voces más graves tienen más posibilidades de reproducirse, pues se cree que los hombres con voces graves poseen más testosterona. Así, mientras nos comunicamos, nuestras cuerdas vocales ejercen una labor puramente seductora.

Las mujeres generan sonidos más agudos al tener unas cuerdas vocales más pequeñas. De hecho, el tamaño medio de unas cuerdas vocales masculinas es de 17 a 25mm y, en el caso de las mujeres, pueden ser de 12,5 a 17,5mm. Es decir, la cuerda vocales más grandes de una mujer pueden corresponder con las más pequeñas de un hombre.