El quinto planeta, expulsado del Sistema Solar
Durante los primeros años de vida del Sistema Solar existía un quinto planeta gigante, cuya expulsión evitó la destrucción de la Tierra, hace 600 millones de años. Estas son las conclusiones de una investigación publicada por la revista especializada Astrophysical Journal.

Establecer esta teoría no ha resultado nada fácil, ya que ha sido necesario analizar los pequeños cuerpos celestes que orbitan más allá de Neptuno, en una zona del espacio conocida como cinturón de Kuiper. Valiéndose de estas pistas, los expertos en astronomía han conseguido esclarecer algunos misterios del Sistema Solar primitivo.

Las órbitas de los cuatro planetas gigantes, es decir, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, estuvieron sometidas a profundos cambios, debido a una importante inestabilidad dinámica de los primeros años de vida de nuestro Sistema Solar. El resultado fue la dispersión de unos planetas respecto a otros, y en algunos casos, la expulsión de ciertos planetas que migraron a regiones exteriores del sistema, en concreto al cinturón de Kuiper.

En base a todos estos datos, podemos afirmar que el Sistema Solar de hace 600 millones de años es totalmente diferente al que conocemos hoy. Un escenario que ayudaría a explicar muchos misterios acerca de nuestro actual Sistema Solar. En cualquier caso, todavía existen importantes lagunas a la hora de comprender las órbitas de ciertos planetas.

Algunas teorías científicas apuntan a que la expulsión de cuerpos menores provocó una serie de impactos contra planetas rocosos y contra La Luna. Otra de las hipótesis defendidas por los expertos para explicar el movimiento de los planetas durante los primeros años de vida del Sistema Solar, es que Júpiter cambió bruscamente de órbita y saltó a su actual posición, sin causar ningún daño a Urano y a Neptuno.

Sin embargo, para que esta teoría conocida como el Júpiter saltarín tuviera lógica, debería haber existido otro planeta gigante más, que fue expulsado por el propio Júpiter. Un descubrimiento que ha sido demostrado gracias a los restos de cuerpos celestes hallados en el cinturón de Kuiper.