La cerveza y la tripa cervecera
Se estima que la cerveza fue creada por vez primera alrededor del año 10.000 a. C., en Mesopotamia y Sumeria, y desde entonces a nuestros días ha ido pasando de generación en generación, de cultura en cultura, incorporando en su proceso ciertos hallazgos –la máquina de vapor, el descubrimiento de la fórmula de producción en frío…- que han dado como resultado la cerveza actual. O mejor, las cervezas, porque las innúmeras variaciones que permite esta bebida en su proceso permiten resultados diversos, aptos para todos los gustos, tal y como demuestra la rica oferta que a día de hoy podemos encontrar y disfrutar.

La cerveza ha dado nombre a un tipo de gordura: la famosa “tripa cervecera”, una suerte de panza redonda y poco derramada cuya causa se atribuye al consumo excesivo de esta bebida. Sobre los efectos del consumo excesivo sería imprudente aventurar nada, no obstante valga señalar que los médicos Ramón Estruch, del Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínic, y Rosa Lamuela, del departamento de Bromatología y Nutrición de la Universidad de Barcelona, concluyeron tras un estudio que el consumo moderado de cerveza no provoca ni aumento de la grasa corporal ni acumulación de grasa en la cintura.

Se trabajó con un total de 1.249 personas, hombres y mujeres mayores de 57 años; este rango de edad se escogió por estar en una franja de mayor riesgo cardiovascular, lo cual sirvió para confirmar que esta bebida también tiene efectos óptimos en este sentido. La cerveza aporta, entre otros nutrientes, ácido fólico, muchas vitaminas, hierro y también calcio, lo que tiene un efecto protector sobre el sistema cardiovascular.

Estas personas se alimentaron siguiendo una dieta mediterránea acompañándola con cerveza: dos vasos en el caso de las mujeres y tres en el de los hombres. Todas hacían además algo de ejercicio.

Tal y como se esperaba, ninguna de ellas engordó; es más, hubo casos, y no pocos, en los que incluso hubo reducción de peso.